Ya basta

Cuestión de fe

19 abril, 2012 | La Feria | 18 han visto este texto.

Diana Rubio Garay

Autor: Diana Rubio Garay 
Correo electrónico: diana_rubio_garay@yahoo.com.mx

Diana Rubio Garay

Al pueblo llegaron unas máquinas grandotas y amarillas, Marino fue quien trajo la noticia, con gran euforia nos platicó que cerca del río estaban unos carros muy chistosos de un solo asiento, que caminaban y escarbaban con unas grandes pezuñas. De pronto no le creímos a Marino, ya sabemos que él pocas veces dice la verdad, la maestra dice que tiene mucha imaginación, eso es bueno, sólo le falta ser más aplicado en la escuela. Dice la maestra que Marino puede ser alguien, pero cómo, si aquí todos andamos en las mismas, para ser alguien se ocupa dinero y aquí ni los ricos estudian y ni falta hace, ellos con unas cuantas vacas y un pedazo de tierra se mantienen. Ahora con el cuento de las carreteras todos andamos muy contentos, dicen que este gobierno si va a ayudar a la gente, y yo pienso que sí.

Lo de ayer nunca lo voy a olvidar, como cada sábado fuimos a los chorritos y, como siempre le hacemos, fuimos derechito a la huerta de don Camilo, ahora a comer mameyes, después viene la temporada de mangos y así todo el año. Es una costumbre brincar la cerca de alambre y descansar bajo la sombra de los árboles, nos encanta reunirnos ahí a platicar y a jugar, a imaginarnos lo que seremos cuando estemos grandes. Estábamos en plena plática cuando llegó Marino a contar lo de las máquinas, estaba tan asombrado, hasta se atragantó para hablar. No le costó mucho convencernos y que fuéramos con él. Rápido nos pusimos los pantalones y sin perder tiempo corrimos sin descansar. En menos de lo esperado llegamos a la entrada del pueblo, no quisimos pasar por la plaza para no entretenernos. Al pasar por la iglesia nos detuvimos un poco para esperar a Felipe, él ya conoce nuestro chiflido y aunque esté en la doctrina se da su maña para salir sin visto por la catequista. Menos mal que todos nosotros ya hicimos la primera comunión y ahora somos libres de andar por donde queramos, bueno es un decir porque las mamás siempre tienen mandados para sus hijos.

Cuando llegamos junto a las máquinas no podíamos creer lo que veíamos, derechito fuimos donde estaban estacionadas. Cuánta alegría nos causaba saber que ahora si tendríamos carretera en estos lugares, ya no más caminatas al Tamarindo y al Guamúchil, eso también es un decir pues una cosa es que haya carretera y otra tener una camioneta, y nosotros apenas si tenemos para un burro, tal vez con esfuerzo podamos tener una bicicleta. Felipe estaba emocionadísimo con las máquinas, cada que veía algo y le gustaba de inmediato preguntaba su precio, ayer nadie le supo decir cuánto podría costar esa maquinaria. Arturo se encogió de hombros, ni idea de calcular el costo, si un machete cuesta como ochenta pesos, eso debe valer una fortuna pensaba yo mientras me imaginaba cómo sería manejar algo así.

Al regreso y durante todo el camino nadie habló más que de máquinas. Esperábamos con alegría la llegara del lunes para ver trabajar a los maquinistas y a los ingenieros. Como siempre, Marino nos contó que ellos ya eran sus amigos, bien dice la maestra que él es listo y no le tiene miedo a la gente, sólo le falta el dinero para que pueda ser alguien. Anoche se me fue el sueño pensando en las pláticas de la gente, oigo que este gobierno sí va a ayudar a la gente, y como dice mi abuelo, sólo es cosa de fe.

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