
Autor: Lic. Reynaldo Mota Molina
Correo electrónico: rmotmol_2@yahoo.com.mx
Lic. Reynaldo Mota Molina
Los poetas campesinos que perviven en nuestros días, es decir, quienes son de extracción campesina genuina, son herederos de aquella juglaresca traída por soldados, escribanos y frailes llegados de Europa a partir de la conquista de México y particularmente durante la Colonia. La poesía decimal de fórmula espinela se encontraba en boga durante esa época en el viejo mundo y así fueron asimiladas ambas vertientes de expresión popular por indígenas y mestizos de Hispanoamérica y, en nuestro caso, de diversos estados que hoy conforman la República Mexicana, principalmente Veracruz, Yucatán, Michoacán, Guerrero, algunas partes de la región Huasteca y la zona Arribeña de San Luis Potosí, Guanajuato y Querétaro.
Aquellos herederos –generalmente gente rural– supieron dar tónica propia a esta nueva forma de expresión a través de la música, la poesía y el canto, acorde a los lugares donde se implantó y, en la región arribeña, la convirtieron en el espléndido arte de la valona, el jarabe y el son que hoy conocemos como huapango arribeño y que nos conmueve el ser cada vez que lo escuchamos.
Los poetas campesinos genuinos son cada vez menos, quizá por razón natural, es decir, el campo día con día es menos opción de supervivencia –las causas son miles– y la raigambre de su poesía se seca; sin embargo, en las últimas tres décadas comenzaron a surgir poetas, si bien un tanto alejados de las labores del campo y, por tanto, sin la esencia de los viejos trovadores, tienen mayor formación académica y cuentan con muchos más conocimientos y recursos literarios para la creación de su poesía. Estos han comenzado a transformar la autenticidad de las valonas y de las topadas, incluso de la instrumentación, al incluir algún instrumento electrónico en aras de la comercialización de sus “productos”, con el pretexto de que la tradición debe renovarse o morir.
Nosotros creemos que las tradiciones deben enriquecerse con elementos que las épocas requieren, ciertamente, pero sin detrimento de su esencia fundamental que es lo que ha dado valor y supervivencia al huapango arribeño a través de algo más de trescientos años, de otra forma, corre el riesgo de convertirse en un artículo más de consumo y de moda, y todas las modas pasan.
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