
Autora: Crisna Donaji Sánchez Ramírez
Krisna Donaji Sánchez Ramírez
Al llegar, los autos invadían la carretera y sobre ellos decenas de prendas coloridas y opacas de todas tallas, ropa en el suelo, en los parabrisas, en tendederos ambulantes que la gente recorría buscado entre modelos primaverales el mejor precio.
Al llegar y ver tanta gente parecía que no encontraríamos lugar, la ropa de primera y segunda no dejaba espacio para los abarrotes, en verdad no era el tianguis de domingo normal, sin plaza ni campanadas que llaman a misa, sin ofertas de verduras y frutas sin gorditas ni raspas ambulantes, sólo sombreros y sombrillas para cubrirse del sol mientras se busca la ropa adecuada.
Entonces vimos un pedacito de suelo. Apenas nos bajabamos del auto y la gente ya esperaba ver la ropa que les ofreceríamos, no teníamos idea de precios o rebajas, no teníamos idea siquiera de la ropa que llevabamos, sólo queríamos vender con éxito, mucho o poco dinero sería recíproco el pago.
No llevamos ganchos o mecates, las prendas se hallaban sobre bolsas negras en el piso y la gente las descubria y peleaba, las enciciaba; pensé en acomodar “el puesto” pero el gentío no lo permitía, parecía no importarles en lo más mínimo la presentación; ni el mercado entero dependió de un jardín principal o una iglesia para ser montado, mucho menos se necesitaba una boutique. La gente de este lugar se apropia de los espacios de una manera muy especial.
Déjanos un comentario