Hugo Chávez Mondragón
El día de ayer la muerte llegó a mi puerta, tocó con furia, como quien pretende tomar lo que cree es suyo y que le han arrebatado, o como la hacen esos cobradores de impuestos.
Atendiendo a su llamado le dejé pasar, le ofrecí una silla y me dijo que estaba buscando a un hombre con la mente retorcida que ha estado escribiendo narraciones enfermizas para aturdir a miles de lectores. En ese momento bajé la cabeza, esperando que la guaparra de la muerte me decapitase. Pero en vez de eso aquella mujer, con sus esqueléticas manos, me ayudó ha ponerme de pie y, a petición suya, salimos ha caminar.
Paseamos por las calles mientras me contaba que últimamente tiene problemas con las personas del mundo pues ya son pocos los que se quieren morir y una gran mayoría prefiere gastar miles de pesos en medicamentos y doctores que les permiten respirar unos meses extra ocasionando un desequilibrio en su lista de acciones pues parece que hoy en día solamente los africanos y algunos asiáticos no logran hacerse de esos medios con los cuales poder vivir más, pero de una forma artificial. La muerte se encontraba muy desconcertada, pude notarlo en su mirada pérdida, los pies arrastrados y ese cuerpo encorvado que denota cansancio luego de la intensa angustia.
Caminamos por un lapso de tiempo tan largo que cuando me di cuenta ya era de noche y aún esa dama negra no me había llevado consigo. Le dije- como mera cortesía- que no se preocupara de todas esas personas que no quieren morir, le conté el caso de un tío que tras haber acumulado riquezas por años gastó todo en unas pastillas que prometieron quitarle un nuevo tipo de gripe que acosa a los habitantes citadinos y que ni siquiera lo consiguió. Pero la muerte no mejoraba su aspecto, así que- nuevamente de pura cortesía- le ofrecí mi casa para descansar un rato y seguir, la tan amena, charla en torno a los sujetos que habitan el mundo contemporáneo. La sorpresa vino cuando ella aceptó al momento dejando de lado cualquier situación protocolaria pues ante todo había que verle como un ser que está trabajando, aunque su trabajo sea ayudar a la gente para que deje de trabajar de la manera más tajante; matándole.
Ya en casa, y a sabiendas de que estaba próxima mi muerte, destapé una botella de Ron que estaba almacenada para la ocasión especial que no supe cuál pudiera ser, pero que ante las circunstancias opté por hacer de ésta inesperada visita un momento celebre, el que también sería el último.
Estuvimos bebiendo y la muerte se fue sincerando cada vez más, dijo que su trabajo era detestable pero que también ante la falta de opciones pensaba quedarse ahí un par de milenios más, confesó, hablando a su vaso vacío de Ron con hielos, que estaba harta de la gente, que estaba enfermando de gentitis aguda pues ya le costaba trabajo ir a los lugares públicos y muy concurridos, no como antes donde por ejemplo se llevaba a miles en una tarde con tan solo algunas epidemias o bombas atómicas. Creo que incluso llegó ha llorar mientras masticaba con desgano un puño de cacahuates.
Entre menos Ron había en la botella más y más estábamos acercándonos uno a otro sobre el sillón, llegando el momento en el cual pude percibir su aroma; un suculento aroma a muerte que me cautivó como chiquillo promiscuo. Ella estaba atenta del temblor en mis pies, y por primera vez en el día estaba inquieta al notarme tan cerca, casi al borde de tocar sus huesos ocultos bajo esa negra y gruesa manta que le cubría como protegiendo un tesoro.
Puso su esquelética mano en mi rostro y me estremecí de placer, hice lo mismo introduciendo un dedo en cada una las cavidades donde tal vez algún día hubo ojos, provocando que ella arqueara la espalda y escuchándose el crujir similar a un puño de cristales rotos. Nos besamos. Nos miramos. Nos besamos. Nos volvimos a mirar. Tocó mi entrepierna, yo sus costillas que quería arrancar de puro goce. Nos besamos, nos besamos y luego, con la celeridad que solamente pueden tener los principiantes, nos desnudamos e hicimos el amor sin contemplación o pausa, sin detenimiento ni demora, como dos máquinas que deben conectarse antes de que el mundo alrededor explote en un caótico momento que dejará trozos de materia por todas partes.
Y amaneció, y aún seguíamos en el acto, una obra de teatro cuya escena nodal estaba ocurriendo sin interrupciones. Sus huesos chocando con mi vientre con tanta frecuencia solamente pudieran ocasionarme quedar inválido, pero eso no me importaba pues al final de la jornada seguramente habría muerto. Lancé Ron sobre su pecho, ella me clavó sus largas unas en la espalda, tomé su cuello y ella me trozó los brazos con tanta delicia que por un par de segundos, creo, estuve inconsciente. Seguimos sudando hasta que el sol se coló por la ventana y ella, inquieta, estremeciéndose, con pequeños espasmos suculentos, puso su rostro sobre mi hombro y me dijo; gracias. Acto seguido, estaba muerto y en un ataúd barato desde donde pude ver a esas personas que tuvieron alguna importancia en mi vida. Estaba tan satisfecho que no quise levantarme, sólo sonreír como lo hace quien está muy relajado.
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