La maldición de los poetas

9 agosto, 2008 | Cándidos Ojos | 54 han visto este texto.

Las tardes parecían no tener fin cuando su vista se hundía en la tinta y sus manos acariciaban el manojo de papel con sensualidad.

Las tardes parecían no tener fin cuando su vista se hundía en la tinta y sus manos acariciaban el manojo de papel con sensualidad.

Por Krisna Donaji Sánchez Ramírez

Era un joven barbado y delgado, su andar denotaba la calma con la que ansiaba el futuro, sus pasos eran largos pero en realidad sus brazos eran los que guiaban a sus pies, cada tarde hacía la misma ruta, frente a la iglesia alta y soberbia cruzaba el atrio por el que las ancianas del pueblo iban palideciendo a causa de sus culpas y se ocultaban disimulando su luto bajo la sombra de las vetustas paredes de la edificación, cada día era la misma ruta, hacia la misma emoción, al llegar bajo la sombra de aquella Ceiba grande y resplandeciente, suspiraba y buscaba la posición más cómoda para poder reposar un momento, para tomar aliento mientras leía y buscaba entre letras la receta perfecta para hallar el amor .

Las tardes parecían no tener fin cuando su vista se hundía en la tinta y sus manos acariciaban el manojo de papel con sensualidad, en momentos sus labios se abrían delicadamente como para soltar al aire con su aliento, como susurrando letanías de amor y consuelo que trajeran a su lado la silueta de sus sueños evocada por los versos.

Quizá fueron las palabras de los poetas malditos los que invadieron el pensamiento del joven, fragmentando su noción del tiempo y espacio, dividiendo sin conciencia los sueños de la realidad, pudriendo toda fatalidad que causara el amor, pudriendo del mismo modo los cuerpos que respiraban, haciéndolos parte de la redacción y omitiendo por completo la oportunidad de contar otra línea que terminara con la maldición de los escritores fantasmas que sin intención cortaron la inspiración de una vida paralela, el joven ya no buscaba una receta, ahora sólo leía sin mostrar ninguna emoción ahora era parte de cada letra.

Así pasó todas las tardes, hasta que me cansé de mirar, pero para entonces, cuando el muchacho abría ligeramente la boca yo sentía de sus cálidos labios un beso delicado y mis pasiones eran arrebatadas cuando cambiaba de página, para entonces yo ya era parte de su redacción, pero mi amor por él no fue escrito, porque un día su mirar se perdió en la nada, como haciéndome una advertencia sobre las fatalidades que me causaría de ser amado, porque los versos que leía ya lo habían condenado, y no me quedó otra opción que mirar a otro lado ya no quise mirarle amándolo, porque de haber terminado la lectura quizá en este momento la enorme Ceiba nos habría enterrado, juntos, yo perdida en él y él…sin descubrir las raíces.

Kdsr

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