Hugo Chávez Mondragón.
Un calzón estuvo tirado en las escaleras a espera de que alguien lo reclamara. Sin embargo luego de varios meses nadie se ha hecho cargo de esa prenda, ya que está sucia, por lo que solicitarlos implicaría aceptar el que se era tan repugnante como para usar la ropa interior manchada con sobras de comida ya procesada por el cuerpo.
Fue doña Ester, la señora del aseo, quien lo encontró. Una mañana al llegar todos a la oficina ella tuvo la tarea de irlo exponiendo para cada uno de nosotros, acercándolo tanto a la cara que incluso se podía oler la desagradable fragancia impregnada en ese objeto.
Desde el jefe hasta los más bajos puestos todos fuimos presentados ante ese calzón, sin embargo, nadie lo reconoció como suyo. Entre risas, chistes y albures nos libramos, pero doña Ester se ha sentido tan ofendida con esa prenda que pidió se le autorizara ponerla sobre la entrada para el personal, de modo que en su momento el dueño pueda tomarlo cuando guste y llevárselo para no volver. Sin embargo, pese a que todos miramos de reojo a ese calzón, hasta la fecha nadie hace algo más que burlarse de él.
En varias ocasiones, por pura lástima, me han dado ganas de ir por ellos y culminar así con esta intriga, pues de esa manera cambiaríamos el tema de conversación que me tiene ya fastidiado porque todos parecen hablar como sí sus hipótesis fueran extremadamente ciertas, de modo que el culpable cambia de persona a cada minuto.
Y así, luego de tres meses, todavía se escuchan carcajadas cuando alguien dice que el dueño del calzón es tal o cual persona, sin embargo la duda sigue en el aire y todos ahí en las oficinas esperamos que un día de estos el vigilante por fin decida revisar el video de aquel día previo a que apareciera el calzón, pero, tal parece, nadie tiene prisa y en buena parte se lo debemos agradecer pues resulta ser muy divertido crear fantasías sobre la higiene personal de los compañeros aunque, como en todo, el exceso puede ser empalagoso.
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